¡Descubre la historia de RAISIE!

Raisie no es un fanfic, ni una serie de dibujos, es una novela que nunca se ha publicado, y por ello queremos que conozcáis la historia y sus personajes, además de intentar conseguir publicarla algún día.

Raisie es la hermosa y rebelde princesa del reino de Galdor, un lugar maravilloso donde la fantasía abunda en cualquier parte del lugar, pero un día, todo cambiará, ya que numerosos dragones llegan al reino con intención de arrasar todo a su paso si a cambio no reciben algunos sacrificios humanos. Por culpa de una traición familiar, Raisie será sacrificada a los dragones, llevándosela estos, a sus horribles dominios. La princesa con la ayuda de sus leales amigos: Ceres, un hada bastante estricta, Ronny, un extraño animal y Gareth un apuesto granjero y aprendiz a caballero, deberá escapar de las bestias ardientes, para así poder regresar a su querido reino y salvarlos a todos, incluida la vida de su padre. Raisie vivirá una gran aventura plagada de enemigos, traiciones, amor, drama y sobre todo mucha fantasía.

Si queréis saber más sobre este proyecto y leer el primer capítulo, os dejamos con el enlace a la web oficial. ¡No dudéis en entrar!

La Princesa Kaguya

Había una vez un anciano que vivía con su esposa. Un día fue a una plantación de bambú para recolectar brotes, y se encontró allí con un árbol de bambú que brillaba. Sintió curiosidad por ver cual era el motivo, así que cortó el bambú y descubrió para su sorpresa que en su interior había una niña. La llevó a su casa, y después de hablar con su esposa decidieron quedársela, y le pusieron el nombre de Kaguya Hime. La suerte del anciano fue en aumento, desde que encontró al bebe, cada vez que cortaba bambú se encontraba oro en el interior. Consiguió bastante riqueza con la que construyó una casa nueva.

Mientras tanto la niña fue creciendo y se fue convirtiendo en una hermosa y elegante. Tanto es así que hasta cinco príncipes pedieron su mano en matrimonio. Reacia a casarse, les propuso varias tareas imposibles para llevar a cabo.

El primero quedó encargado de traer el bol sagrado de Buddha que se encontraba en La India. Al segundo príncipe se le encargó recuperar una legendaria azalea hecha de plata y oro. El tercero tenía que intentar conseguir al legendario ratón de sol que se dice que está en China. Al cuarto, una joya de colores que brillaba al cuello de un dragón. Al último príncipe, le encargó una concha preciosa que las golondrinas guardaban como un tesoro. La princesa pidió cosas que nadie sabía que existían y estaban muy desilusionados.

Los jóvenes dejaron de ir por algún tiempo a la casa del anciano ya que se pusieron a buscar los tesoros de la princesa. El primer hombre y trajo la taza de Buda que la princesa había pedido, pero no fue a India como ella pidió, en su lugar trajo una taza sucia de un templo cerca de Kyoto. Cuando Kaguya lo vio, ella supo inmediatamente que esta no era la taza de Buda, porque aunque era muy vieja y estaba hecha de piedra, la taza que era de India siempre tenía un brillo sagrado.
El segundo no tenía idea de donde podría encontrarse una azalea de plata y oro, además no quería hacer un largo viaje y como el dinero no era algo que le preocupara pues era un príncipe muy rico, se lo ordenó a unos joyeros. Una vez acabado se lo llevó a la princesa. Era tan maravillosa que ella pensó que realmente se trataba de lo que había pedido y pensó que no podría escapar del matrimonio con este joven de no ser porque los joyeros aparecieron para preguntar por su dinero. De esta manera la princesa supo que la azalea no era la verdadera, y por tanto, no era lo que ella había deseado.

El tercero, a quién se le había pedido la piel del ratón del sol, les dio una gran cantidad de dinero a algunos comerciantes que iban a China. Ellos le trajeron una piel vistosa y le dijeron que pertenecía al ratón de sol. Se lo llevó a la princesa y ella dijo "realmente es una piel muy fina. Pero la piel del ratón de sol no arde, aún cuando se tira al fuego. Probémoslo". Y ella tiró la piel en el fuego, y como era de esperar la piel ardió en unos minutos, el joven se fue enfadado y avergonzado.

El cuarto era muy valiente e intentó encontrar el dragón por sí mismo. Navegó y vagó durante mucho tiempo, porque nadie supo donde vivía el dragón. Pero durante una jornada, fue asediado por una tormenta y casi muere. No podía buscar más al dragón y se fue a su casa. De vuelta en su hogar, se encontraba muy enfermo y no pudo volver con la Princesa Kaguya.

El quinto y último de los hombres buscó en todos los nidos, y en uno de ellos pensó que la había encontrado; pero al bajar tan aprisa por la escalera se cayó y se lastimó. Ni siquiera lo que tenía en su mano era la concha que la princesa había pedido, sino una golondrina vieja y dura.
De este modo todos habían fallado, y ninguno podría casarse con la princesa. Tal era la reputación de Kaguya que El Emperador quiso conocer su extraordinaria belleza, y quedó prendado de la joven, le pidió que se casara con él y fuera a vivir a su palacio. Pero la princesa rechazó también la propuesta, diciéndole que era imposible ya que ella no había nacido en el planeta y no podía ir con él. No obstante, El Emperador no pudo olvidarla y siguió insistiendo.

Ese verano, cada vez que la princesa miraba la luna sus ojos se llenaban de lágrimas. Su anciano padre quiso saber qué le ocurría, pero ella no respondió. Cada día que pasaba la joven estaba más triste y siempre que miraba la luna no podía dejar de llorar. Sus padres estaban muy preocupados, pero la princesa tan solo callaba. Un día antes de la luna llena de mediados de agosto, la princesa explicó por qué estaba tan triste. Explicó que no había nacido en la tierra, sino que procedía de la luna, a dónde debía regresar en la próxima luna llena, y que vendrían personas a buscarla.

Los ancianos trataron de convencerla de que no partiera, pero ella contestó que debía hacerlo. Así que el anciano buscó del Emperador en un intento de conseguir que su hija no se marchara, le contó toda la historia, El Emperador envió una gran cantidad de soldados a casa de la princesa. En la noche de la luna llena de mediados de agosto, los soldados rodearon la casa en su intento de proteger a la princesa. Cuando la luna se puso llena, una inmensa luz los cegó a todos y las gentes de la luna bajaron a por la princesa, los soldados no pudieron combatir porque estaban cegados por aquella inmensa luz y porque extrañamente habían perdido las ganas de luchar.

La princesa se despidió de sus padres, y les dijo que no deseaba irse, pero que tenía que hacerlo. Se despidió del Emperador con una carta. Las gentes que habían venido a buscarla colocaron sobre sus hombros una capa de la Luna y ella olvidó todos sus recuerdos en La Tierra y regresó a la Luna.

El desolado Emperador envió un ejército entero de soldados a la montaña más alta de Japón, Monte Fuji, con la misión de subir hasta la cima y quemar la carta que Kaguya-Hime había escrito, con la esperanza de que llegara a la princesa. Desde aquel día, de la cima de la montaña siempre sale fuego.

-Relato Japonés.

Pulgarcita

Cierta vez hubo una mujer que deseaba muchísimo tener un hijo, sin que le fuera concedida la realización de ese deseo. Finalmente fue a hablar con un hada y le dijo:

-Mi mayor ambición es tener un niñito. ¿Puedes decirme dónde podría encontrar uno?

-Eso es fácil de resolver -contestó el hada-. Aquí tienes un grano de cebada de una clase muy diferente de aquella que crece en los campos y que se echa de comer a los pollos. Plántala en esa maceta y verás lo que pasa.

-¡Gracias! -respondió la mujer, y dio al hada doce monedas de cobre, que era el precio de la cebada.

Luego se fue a su casa y la plantó. Enseguida creció una flor hermosa y grande, de aspecto semejante al de un tulipán, pero con pétalos tan apretados como si fuera todavía un pimpollo.

"La flor es muy linda" -dijo la mujer, y dio un beso a los pétalos dorados y rojos. Al hacerlo, la flor se abrió, y la mujer vio que se trataba realmente de un tulipán.

Dentro de la flor, sobre los verdes y aterciopelados estambres, estaba sentada una delicada y graciosa doncellita, cuyo tamaño era escasamente la mitad del largo de un dedo pulgar. Al verla tan pequeña, le dieron el nombre de Pulgarcita. A modo de cuna le trajeron una cáscara de nuez, elegantemente pulida, con un colchón de pétalos de violeta y otro de rosa como colcha. Allí dormía por la noche, pero durante el día jugueteaba en la mesa, donde la mujer colocaba un plato lleno de agua; alrededor del plato ponía flores, con los tallos sumergidos en el agua, y sobre ésta hacía flotar un amplio pétalo de tulipán que le servía a Pulgarcíta a manera de embarcación. La muchachita se sentaba en el bote y remaba de un lado a otro del plato, con dos remos hechos de cerda. Y era una visión encantadora. Pulgarcita cantaba con una voz tan suave y tenue que su canto era algo como nunca jamás se oyera antes. Una noche en que ella dormía en su camita, un sapo feo, grande y húmedo se introdujo a través de un vidrio roto de la ventana y saltó a la mesa sobre la cual estaba la cáscara de nuez y dentro de ella la niña bajo su pequeña colcha de rosa.

"¡Qué linda esposita para mi hijo!" -se dijo el sapo. Y con esto se llevó la cáscara de nuez con Pulgarcita dormida en su interior, y saltó por el agujero de la ventana al jardín.

El sapo y su hijo vivían en el borde fangoso de una ancha corriente de agua. El sapo joven era más feo aún que su padre. Al ver a la muchachita en su elegante lecho, sólo atinó a exclamar: "Croac, croac, croac".

-No hables tan fuerte, o se despertará -protestó el sapo viejo-. Y podría escaparse, pues es tan ligera como un plumón de cisne. La pondremos sobre una hoja de nenúfar, en la corriente. Será como una isla para ella, porque ¡es tan pequeña! y no podrá fugarse. Y mientras ella se queda allí nosotros prepararemos a toda prisa una habitación lujosa bajo el pantano, para que te la lleves a vivir cuando te hayas casado.

En el medio de la corriente de agua crecían unos nenúfares de anchas hojas verdes, que parecían flotar sobre el agua. La más grande de dichas hojas sobresalía de la superficie mucho más que las otras, y hacia ella nadó el viejo sapo llevando la cáscara de nuez en que Pulgarcita dormía aún.

La niña se despertó temprano aquella mañana, y al ver dónde se encontraba rompió a llorar amargamente. No podía ver nada más que agua a los lados de la gran hoja verde, y sin que hubiera manera alguna de llegar a tierra. Mientras tanto, el viejo sapo estaba muy ocupado bajo el pantano, decorando la habitación con junquillos y otras flores silvestres, para ponerla bonita y digna de su nuera. Luego se echó a nadar junto con su feísimo hijo hacia la hoja donde antes había colocado a la pobre Pulgarcita.

Deseaba llevarse la camita para colocarla en la cámara nupcial y que estuviera lista para cuando la joven la estrenara. Al llegar inclinó la cabeza en el agua y explicó:

-Este es mi hijo. Será tu marido, y ambos viviréis juntos y felices en el pantano, junto al agua.

-Croac, croac, croac -fue todo lo que pudo decir su hijo. Y ambos sapos tomaron la elegante camita y se alejaron nadando con ella, dejando a Pulgarcita enteramente sola sobre su hoja verde, sentada y llorando. La muchachita no podía soportar la idea de vivir en compañía del sapo viejo y con su feísimo hijo por marido. Los pececitos que nadaban a sus pies habían visto al sapo y oído lo que ella decía, y sacaban las cabecitas por sobre la superficie para contemplarla. En cuanto la vieron advirtieron que la niña era muy bonita, y los apenó el pensar que tendría que irse a vivir con los horribles sapos.

-No eso no debe ocurrir, nunca -dijeron, y se reunieron en el agua en torno del tallo verde que sostenía la hoja que servía de apoyo a la muchachita, y royeron la planta a la altura de la raíz con sus dientes. La hoja flotó a la deriva, alejándose en la corriente y llevándose a Pulgarcita lejos, fuera del alcance de los dos sapos.

Pulgarcita siguió así navegando, pasando a lo largo de muchas aldeas y ciudades. Los pájaros que la contemplaban al pasar cantaban "¡Qué hermosa criatura!" La hoja siguió bogando con ella, más y más lejos, hasta que tocó tierra en otro país. Una bonita mariposa blanca que venía revoloteando alrededor de Pulgarcita se posó por fin sobre la hoja. Aquello agradó a la muchacha, ahora que el sapo ya no podía alcanzarla, que las tierras por donde transitaba eran hermosas y que el sol brillaba sobre las aguas como oro líquido. Se quitó el cinturón y ató un extremo al cuerpo de la mariposa y otro a la hoja, que se deslizó así mucho más veloz que antes, llevando a su bordo a la niña. En eso estaban cuando pasó volando un gran abejorro, y en cuanto vio a Pulgarcita la asió con sus patas y voló con ella hacía un árbol. La hoja verde siguió flotando en el arroyo, a remolque de la mariposa, pues el animalito estaba atado a ella y no podía soltarse.

¡Oh, cómo se asustó la pequeña Pulgarcita al ver que el abejorro se la llevaba al árbol! Lo sintió más que nada por la bonita mariposa blanca atada a la hoja, que no podría liberarse y moriría de hambre. Pero al abejorro no le preocupó en absoluto el problema. Se sentó -con la joven a su lado- sobre una hoja del árbol, le dio a comer un poco de miel de las flores y le dijo que era muy bonita, aunque de ninguna manera tanto como la hembra de un abejorro. Un rato después todos los abejorros que vivían en el árbol se acercaron a visitarla. Se quedaron contemplando a la muchacha, y luego las jóvenes hembras dieron vuelta las antenas y dijeron: "Sólo tiene dos piernas. ¡Qué fea!"

-Y no tiene antenas -comentó otra.

-Y tiene la cintura muy delgada. Es como un ser humano. ¡Vaya si es fea! -dijeron todas las hembras de abejorro, aunque Pulgarcita era muy bonita.

El abejorro que había huido con ella creyó lo que decían los otros al afirmar que Pulgarcita era fea, y no quiso saber nada más con ella. Le dijo, pues, que podía irse adonde quisiera. Luego la bajó del árbol en sus alas, y la colocó sobre una margarita, donde la niña se quedó llorando ante la idea de que era tan fea que ni los mismos abejorros se interesaban por hablar con ella. Y era en realidad la más encantadora criatura que pueda imaginarse, tan tierna y delicada como el pétalo de una rosa.

Durante todo el verano la pobre Pulgarcita permaneció sola en la selva. Se tejió un lecho con hojas de césped y lo tendió bajo una ancha hoja para protegerse de la lluvia. Se alimentaba con la miel que sorbía de las flores, y bebía por la mañana el rocío de las hojas. Así transcurrió el verano, y luego el otoño, y finalmente llegó el invierno, el largo y frío invierno. Los pájaros que habían cantado para ella tan amablemente volaron todos; los árboles y las flores perdieron su frescura. La hoja de trébol bajo la cual vivía la niña estaba ahora arrugada y marchita, y casi no quedaba de ella más que un seco tallo amarillento. Experimentaba un frío terrible, pues sus ropas estaban llenas de desgarrones y además ella era tan tenue y delicada que poco le faltaba para helarse. Para colmo empezó a nevar, y los copos cayeron sobre ella como si sobre uno de nosotros cayera la nieve a paladas, pues nuestra estatura es la normal, y en cambio la de Pulgarcita no pasaba de dos o tres centímetros. Se envolvió en una hoja seca, pero ésta se rasgó por el medio, y no sirvió ya para retener el calor, de modo que la muchacha temblaba de frío.

Cerca del bosque donde ella estaba viviendo existía un vasto campo de trigo, pero el cereal había sido cosechado ya tiempo atrás, y no quedaba sino el rastrojo seco a ras del suelo helado. Pero para Pulgarcita era como abrirse paso a través de un enorme bosque. Por último llegó a la casa de una vieja ratita de campo que tenía su pequeña guarida bajo los rastrojos. La rata vivía allí cómodamente, rodeada de agradable calor, y con un buen granero lleno, una cocina y un comedor que eran cosa de ver. La pequeña Pulgarcita se detuvo en la puerta como una niña mendiga y suplicó le dieran un puñado de cebada, porque llevaba sin comer bocado casi dos días.

-¡Pobre niña! -exclamó la anciana rata de campo, que era ciertamente de buenos sentimientos-.

Entra en mi habitación, al calor, y cena conmigo.

-Y le agradó tanto Pulgarcita que añadió-: Serás bienvenida si quieres quedarte conmigo todo el invierno. Pero tendrás que asear mis habitaciones y contarme cuentos, pues me gusta sobremanera oírlos.

Pulgarcita hizo todo lo que la rata de campo le había pedido, y se encontró muy cómoda en la casita.

-No tardaremos en tener un visitante -dijo un día la rata-. Mi vecino suele venir a verme una vez por semana. Es más bondadoso aún que yo. Tiene una casa amplia, y viste una hermosa levita de terciopelo. Si lograras tenerlo por esposo te encontrarías muy bien provista. Pero es ciego, de modo que tendrás que contarle algunos de tus más bonitos cuentos.

Pulgarcita no se sintió interesada en absoluto por la persona del vecino, pues éste era un topo.

-Es muy rico y muy instruido, y su casa es veinte veces más grande que la mía -insistió la ratita.

El topo vino al fin, vestido con su levita de terciopelo negro. Era rico y culto, sin duda, pero apenas podía hablar del sol y de las flores, pues no los había visto jamás. Pulgarcita tuvo que cantarle algunas canciones de su repertorio. Y el topo se enamoró de ella al oír aquella encantadora voz, pero no dijo nada todavía, pues era extremadamente cauteloso.

No mucho tiempo antes, el topo había excavado bajo tierra una larga galería que comunicaba la vivienda de la rata de campo con la suya propia. La rata y Pulgarcita recibieron permiso de pasear por aquella galería cada vez que lo desearan. El topo les previno que no se asustaran por la vista de un pájaro muerto que yacía en el pasaje, en perfecto estado de conservación, con su pico y sus plumas, lo que indicaba que no debía de llevar sin vida más que algunos días.

El topo sostuvo en la boca un trozo de madera fosforescente que brillaba como una brasa en la oscuridad y avanzó delante de Pulgarcita y de la rata, guiándolas por el largo pasaje. Al llegar al sitio donde yacía el pájaro muerto, el topo empujó el techo con su ancha nariz, la tierra cedió, y quedó abierto un gran boquete por el cual entró la luz del día. -En el centro del piso estaba una golondrina inerte, con sus hermosas alas plegadas, y la cabeza y las patas escondidas bajo las plumas. Era visible que la pobre avecita había muerto de frío, cosa que entristeció mucho a Pulgarcita, pues la niña sentía gran afecto por los pájaros que habían cantado para ella tan hermosas melodías todo el verano. Pero el topo hizo a un lado el animalito con sus patas torcidas y dijo:

-Ya no cantará más. ¡Qué triste ha de ser el haber nacido pájaro! Me alegro de que ninguno de mis hijos vayan a ser nunca animales que no saben sino chillar: "Pío, pío", y que siempre acaban muriéndose de hambre en el invierno.

-Sí, todo eso es muy cierto, inteligente topo -exclamó la rata de campo-. De qué sirven tantos gorjeos si al llegar el invierno uno se hiela o se muere de hambre? Y sin embargo los pájaros son de ascendencia ilustre, tengo entendido.

Pulgarcita no respondió, pero cuando los otros dos dieron vuelta la espalda, ella se inclinó sobre el pájaro, apartó las plumas que cubrían la cabecita y le dio un beso en los cerrados párpados.

"Quizá sea éste el que me cantaba tan dulcemente durante el verano -dijo-. ¡Cuánto me alegraba tu canto, preciosa avecilla!"

El topo volvió a cerrar el agujero por donde penetraba la luz del día y acompañó a casa a los dos damas.

Aquella noche Pulgarcita, que no podía dormir, se levantó de la cama y entretejió una amplia y hermosa colcha de heno. Luego la llevó adonde estaba la golondrina muerta y la extendió sobre el cuerpo del ave, junto con unas flores de las que había en la habitación de la rata. La colcha era suave como de lana, y Pulgarcita la ajustó a cada lado del pájaro como si quisiera que éste pudiera tener algo de calor sobre la fría tierra.

"Adiós, hermosa avecita -dijo-. Gracias por el delicioso canto con que me obsequiaste en el verano, cuando los árboles estaban verdes y el cálido sol brillaba sobre nosotros".

Al decirlo apoyó la cabeza sobre el pecho del ave, e inmediatamente se sintió alarmada. Porque le pareció que como si dentro del pequeño cadáver algo estuviera haciendo "tum, tum". Era el corazón de la golondrina, que no estaba muerta realmente, sino entumecida por el frío, y que con el calor había empezado a volver a la vida.

Al llegar el otoño, las golondrinas vuelan hacia los países cálidos; pero si ocurre que alguna se retrasa y es alcanzada por el frío, se hiela y cae como muerta, y allí se queda hasta que la cubre la nieve. Pulgarcita temblaba de miedo, muy asustada, porque el ave era grande, mucho más grande que ella, que sólo medía un par de centímetros. Pero trató de hacer valor, arropó mejor a la golondrina y luego trajo una hoja que le servía a ella misma de cobertor y la colocó sobre la cabeza del pájaro. A la noche siguiente se levantó de nuevo a escondidas y fue a ver a su protegida. La encontró con vida, pero extremadamente débil, tanto que sólo pudo abrir los ojos un momento para mirar a Pulgarcíta.

-Gracias, hermosa niña -dijo la golondrina enferma-. He estado tan bien con el calor que me proporcionaste que pronto recobraré mis fuerzas y podré volar hacia las tierras donde calienta el sol.

-¡Oh! -exclamó Pulgarcita-. Hace mucho frío afuera, con la nieve y la escarcha. Quédate en tu cama caliente; yo cuidaré de ti.

Le llevó a la golondrina un poco de agua en el cáliz de una flor. El ave le contó que se había lastimado una de sus alas en una zarza, por lo cual no pudo volar con tanta presteza como sus compañeras que ya estarían a gran distancia en el camino hacia los países cálidos. Por último había caído en tierra, luego de lo cual no recordaba nada más. Ignoraba cómo llegó al lugar donde la encontraron.

El ave permaneció bajo tierra todo el invierno, y Pulgarcita la alimentó con cariño y cuidado, sin que el topo ni la rata de campo supieran nada, pues a ellos no les gustaban las golondrinas.

No tardó en llegar la primavera y el sol empezó a caldear la tierra. Entonces la golondrina se despidió de Pulgarcita, y ésta abrió el agujero que el topo había practicado en el techo. El sol brilló sobre ambas con tal esplendor que la golondrina invito a la niña a partir con ella, sentada en su lomo, y volar las dos juntas hacia los bosques verdes. Pero Tiny, sabía que la rata de campo se entristecería mucho si su protegida la abandonaba de semejante manera, y respondió:

-No; no es posible.

-¡Adiós, entonces! ¡Adiós, bondadosa y hermosa doncellita! -Y la golondrina emprendió vuelo en la luz del sol.

Pulgarcita se quedó mirándola, mientras las lágrimas le brotaban de los ojos, porque la niña quería mucho a la golondrina.

La niña se quedó muy triste. Ella no podía salir al calor y la luz del sol. El cereal sembrado en el campo que rodeaba la casa de la ratita había crecido tanto que constituía un espeso bosque para Pulgarcita, con su pequeña estatura de un par de centímetros.

-Tienes que casarte, Pulgarcita -dijo un día la rata de campo-. Mi vecino ha pedido tu mano. ¡Qué suerte para una niña pobre como tú! Ahora vamos a preparar tu ajuar de bodas. Tiene que ser de lana e hilo. No debe faltarte nada cuando seas la esposa del topo.

Pulgarcita tuvo que hilar lino y lana, y la rata de campo contrató dos arañas para que tejieran día y noche. Todas las tardes el topo venía de visita y hablaba sin cesar del buen tiempo en que habría pasado ya el verano. Entonces fijaría la fecha de su boda con Pulgarcita, pero ahora el calor del sol, era tanto que abrasaba la tierra y la ponía dura como una roca. Sí; se casarían cuando acabara el verano, pero eso a Pulgarcita no le agradaba, pues no abrigaba simpatía ninguna por el cansador topo. Todas las mañanas al salir el sol, y todas las tardes a la hora del crepúsculo, se deslizaba afuera, a la puerta, y cuando el viento apartaba las hojas en el campo sembrado, ella contemplaba el cielo azul y pensaba en lo hermoso que era aquello y en cuánto le agradaría ver de nuevo a su querida golondrina. Pero ésta no volvió. Para aquel entonces ya se habría internado a gran distancia en los hermosos bosques verdes.

Cuando llegó el otoño, Pulgarcita tenía ya su ajuar listo. El topo le dijo:

-Dentro de cuatro semanas tendrá lugar la boda.

Pulgarcita lloró, y dijo que nunca se casaría con el desagradable topo.

-¡Tonterías! -exclamó la rata de campo-. No seas porfiada, o te morderé. Es un topo muy buen mozo. Ni la reina usa terciopelos y pieles más hermosos. Su cocina y sus graneros están llenos de provisiones. Debieras estar agradecida por tan buena suerte.

De modo, pues, que se fijó el día de la boda, en que el topo se llevaría a Pulgarcita a vivir con él a las profundidades de la tierra, donde nunca volvería a ver más el cálido sol que a él no le agradaba. La pobre niña se sentía muy desdichada ante la idea de decir adiós al hermoso sol, y como la rata de campo le había dado permiso para salir a la superficie, así lo hizo una vez más para despedirse del astro.

-¡Adiós, brillante sol! -exclamó, extendiendo hacia él los brazos. Y se adelantó algunos pasos alejándose de la casa. El cereal ya había sido cosechado, y sólo quedaba en los campos el rastrojo seco-. ¡Adiós, adiós! -repetía, abrazando a una florecilla roja que estaba a su lado-. Despide por mí a la pequeña golondrina, si es que vuelves a verla.

-Pío, pío -sonó una voz, de pronto, a sus espaldas. Pulgarcita se volvió y levantó la cabeza: allí estaba la golondrina, volando cerca de ella. Se quedó encantada al encontrar a Pulgarcita. Esta le expresó cuánto disgusto experimentaba al tener que casarse con el feo topo, para vivir siempre bajo la tierra y no volver a ver nunca más el esplendente sol. Y al decirlo lloraba.

-El invierno está ya acercándose -respondió la golondrina- y yo tendré que volar a los países cálidos. ¿Quieres venir conmigo? Puedes sentarte sobre mi lomo y asegurarte allí con tu cinturón. Y volaremos lejos del feo topo y de sus lóbregas habitaciones; lejos, por sobre las montañas, a los países cálidos donde el sol brilla con más fuerza que aquí; donde siempre es verano y las flores son más hermosas. Vuela conmigo, Pulgarcita. Tú me salvaste la vida cuando yo estaba helada en aquel corredor horrible y oscuro.

-Sí, me iré contigo -repuso Pulgarcita. Se sentó a lomos del pájaro, con los pies sobre las alas extendidas, y se ató con su cinturón a una de las plumas más fuertes.

La golondrina se alzó por los aires y voló sobre la selva y sobre el mar, mucho más arriba que las más altas montañas cubiertas de nieves eternas. Pulgarcita hubiera muerto helada en el frío aire de las alturas, de no guarecerse bajo las plumas del ave, dejando sólo al descubierto su cabecita para poder admirar las hermosas comarcas por sobre las cuales pasaban. Por fin llegaron a los países cálidos, donde el sol brilla con más fuerza y el cielo parece mucho más alto. Aquí y allí, en los cercos, a los lados del camino, crecían vides con racimos negros, blancos y verdes. De los árboles, en el bosque, pendían limones y naranjas, y el ambiente llevaba fragancia de mirtos y azahares. Por los senderos del campo correteaban hermosos niños, jugando con grandes y alegres mariposas. Y a medida que la golondrina volaba más y más, cada lugar parecía más amable aún.

Por último se detuvieron junto a un lago azul a cuya orilla, a la sombra de un bosquecillo de árboles de un verde muy intenso, se erguía un palacio de deslumbrante mármol blanco, reliquia de tiempos pretéritos. Alrededor de sus elevadas columnas se apiñaban las vides, y en las cornisas se veían muchos nidos de golondrinas, uno de los cuales era precisamente el hogar de la que había transportado a Pulgarcita.

-Esta es mi casa -dijo la golondrina-. Pero no es aquí donde te convendría vivir. No estarías cómoda. Será mejor que te elijas una de esas bonitas flores, y yo te depositaré sobre ella. Allí tendrás todo lo que puedas desear para ser feliz.

-¡Será maravilloso! -exclamó ella, aplaudiendo de alegría.

Sobre el suelo había una gran columna de mármol que al caer se había partido en tres pedazos, entre los cuales crecían las flores blancas más grandes y hermosas. La golondrina descendió con Pulgarcita sobre uno de los anchos pétalos. ¡Y cuál no sería su sorpresa al ver en el centro de la flor un tenue hombrecito, tan blanco y transparente como si estuviera hecho de cristal! Tenía sobre la cabeza una corona de oro, y en los hombros delicadísimas telas, y su tamaño no era mucho mayor que el de Pulgarcita. Era uno de los silfos, o espíritus de las flores; precisamente el rey de todos ellos.

-¡Qué hermoso es! -susurró Pulgarcita al oído de la golondrina.

El pequeño príncipe temió al principio la presencia del pájaro, que era como un gigante al lado de una criatura tan delicada como él. Pero al ver a Pulgarcita quedó encantado, y se dijo que era la más hermosa doncella que hubiera visto nunca. Entonces se quitó de la cabeza la corona de oro y la colocó sobre la de la niña; le preguntó su nombre y también si quería ser su esposa y reinar con él sobre las flores.

Ciertamente, aquél era un esposo muy diferente del hijo del sapo, o del topo con su levita de piel y terciopelo. De modo que Pulgarcita dijo: "Sí" al apuesto príncipe.

Entonces todas las flores se abrieron y de cada una de ellas salió un minúsculo caballero o una damisela pequeñita, tan bonitos todos que era una delicia mirarlos. Cada uno ofreció a Pulgarcita un regalo, pero el mejor fue un par de hermosas alas que habían pertenecido a una gran mosca blanca. Se las prendieron a Pulgarcita en los hombros de manera que pudiese ella también volar de flor en flor. Luego hubo una fiesta y a la pequeña golondrina le pidieron que cantara un himno de bodas, a lo cual accedió ella lo mejor que pudo. Pero su corazón estaba triste, pues quería mucho a Pulgarcita y hubiera deseado no separarse nunca de ella.

-Ya no te llamarás más Pulgarcita -dijo el silfo-. No me gusta ese nombre; tú eres demasiado linda para llamarte así. En adelante tu nombre será Maya.

-¡Adiós, adiós! -dijo la golondrina, con el corazón apenado, y partió de los países cálidos para volver a Dinamarca. Allí tenía otro nido, en la ventana de una casa en la que habitaba el narrador de historias. La golondrina cantó: "Pío, pío", y de esa canción surgió el presente relato.

-Cuento de Hans Christian Andersen.

La Reina de las Nieves

En un lejano lugar un travieso genio, con ganas de divertirse, fabricó un espejo que poseía la cualidad de empequeñecer lo bueno y resaltar lo malo de cualquier objeto que se reflejase en él, deformando incluso los pensamientos de quienes lo utilizaban.

Un día el espejo se rompió en millones de pedazos tan diminutos como el polvo, que se desperdigaron por todo el mundo metiéndose en los ojos de las personas. En una gran ciudad vivían felices Kay y Gerda, que a pesar de ser sólo vecinos se querían como hermanos. Un día, mientras jugaban, Kay notó que se le introducía algo en el ojo, sintiendo a continuación una punzada en el corazón, y comenzó a ver lo peor de lo que le rodeaba, comportándose injustamente con todos, incluso con Gerda. Ese invierno cuando jugaba con el resto de muchachos atando su trineo a cualquier carro que pasase, para así aumentar su velocidad, contempló un enorme trineo blanco al que se atrevió a atar el suyo, siendo arrastrado fuera de la ciudad a terrenos cada vez más fríos y distantes. El trineo era de la Reina de las Nieves que besó en la frente al muchacho penetrando el frío en el cuerpo del chico y olvidando todo lo que había conocido hasta entonces. Lejos de allí, su familia no lograba encontrarle y pasado un tiempo pensaron que se había ahogado en el río.

La pequeña Gerda preguntó al sol, a los pájaros y finalmente se acercó al río ofreciéndole sus zapatos nuevos, su bien más preciado, a cambio de que le devolviese a Kay. Los zapatos fueron devueltos a la orilla y la niña se subió a una barca para arrojarlos más lejos. Sin embargo, la corriente era demasiado fuerte y se vio arrastrada río abajo hasta llegar a una casa habitada por una anciana. La anciana que deseaba tener una hija utilizó la magia para hacer olvidar a Gerda el motivo que la había llevado hasta allí. Pasó el tiempo, y un día que la niña jugaba en el jardín encantado de la anciana descubrió un rosal, que le recordó a Kay, dándose cuenta de lo que había pasado y partiendo en busca de su amigo. A unos pasos de allí conoció a un cuervo, le contó su historia, y este le dijo que tal vez su amigo fuese el desconocido que se había casado con la princesa del lugar. Alentada por la esperanza llegó hasta el castillo pero el príncipe no era Kay. Enternecidos por la narración los príncipes le regalaron un hermoso carro de oro tirado por un espléndido caballo para poder continuar su búsqueda con mayor facilidad. Las desgracias de la niña no acabaron allí porque unos bandidos deslumbrados por el fulgor del oro asaltaron el carro llevándola prisionera hasta su campamento. Allí fue obligada a dormir con una de las hijas de los bandidos a la que contó su historia, siendo escuchada a su vez por unas palomas que reconocieron a Kay, indicándole que le habían visto con la Reina de las Nieves en Laponia. Los bandidos tenían un reno conocedor de aquéllas tierras y la niña ayudó a escapar a Gerda en compañía del Reno.

Una vez llegados a Laponia Gerda encontró el castillo de la Reina de las Nieves, fue atacada por un ejército de copos de nieve, pero el vaho que brotaba de sus labios al pronunciar sus oraciones se convirtió en un ejercito de ángeles que derrotaron a sus atacantes. Superado este obstáculo encontró a Kay en un enorme salón. El chico en un principio no la reconoció, pero las lágrimas de Gerda cayeron en su pecho derritiendo el hielo que había en su corazón, brotando también en ese momento las lágrimas en los ojos del muchacho expulsando así el trocito de espejo. Una vez liberado reconoció a la niña, regresando los dos juntos de vuelta a casa.


-Cuento de Hans Christian Andersen.

Jack y las Judías Mágicas

Jack vivía con su madre, que era viuda, en una cabaña del bosque. Como con el tiempo fue empeorando la situación familiar, la madre determinó mandar a Jack a la ciudad, para que allí intentase vender la única vaca que poseían. El niño se puso en camino, llevando atado con una cuerda al animal, y se encontró con un hombre que llevaba un saquito de habichuelas.
-Son maravillosas -explicó aquel hombre-. Si te gustan, te las daré a cambio de la vaca.

Así lo hizo Jack, y volvió muy contento a su casa. Pero la viuda, disgustada al ver la necedad del muchacho, cogió las habichuelas y las arrojó a la calle. Después se puso a llorar.

Cuando se levantó Jack al día siguiente, fue grande su sorpresa al ver que las habichuelas habían crecido tanto durante la noche, que las ramas se perdían de vista. Se puso Jack a trepar por la planta, y sube que sube, llegó a un país desconocido.

Entró en un castillo y vio a un malvado gigante que tenía una gallina que ponía un huevo de oro cada vez que él se lo mandaba. Esperó el niño a que el gigante se durmiera, y tomando la gallina, escapó con ella. Llegó a las ramas de las habichuelas, y descolgándose, tocó el suelo y entró en la cabaña.

La madre se puso muy contenta. Y así fueron vendiendo los huevos de oro, y con su producto vivieron tranquilos mucho tiempo, hasta que la gallina se murió y Jack tuvo que trepar por la planta otra vez, dirigiéndose al castillo del gigante. Se escondió tras una cortina y pudo observar cómo el dueño del castillo iba contando monedas de oro que sacaba de un bolsón de cuero.

En cuanto se durmió el gigante, salió Jack y, recogiendo el talego de oro, echó a correr hacia la planta gigantesca y bajó a su casa. Así la viuda y su hijo tuvieron dinero para ir viviendo mucho tiempo.

Sin embargo, llegó un día en que el bolsón de cuero del dinero quedó completamente vacío. Se cogió Jack por tercera vez a las ramas de la planta, y fue escalándolas hasta llegar a la cima. Entonces vio al ogro guardar en un cajón una cajita que, cada vez que se levantaba la tapa, dejaba caer una moneda de oro.

Cuando el gigante salió de la estancia, cogió el niño la cajita prodigiosa y se la guardó. Desde su escondite vio Jack que el gigante se tumbaba en un sofá, y un arpa, oh maravilla!, tocaba sola, sin que mano alguna pulsara sus cuerdas, una delicada música. El gigante, mientras escuchaba aquella melodía, fue cayendo en el sueño poco a poco.

Apenas le vio así Jack, cogió el arpa y echó a correr. Pero el arpa estaba encantada y, al ser tomada, empezó a gritar:

-¡Eh, señor amo, despierte usted, que me roban!

Se despertó sobresaltado el gigante y empezaron a llegar de nuevo desde la calle los gritos acusadores:

-¡Señor amo, que me roban!

Viendo lo que ocurría, el gigante salió en persecución de Jack. Resonaban a espaldas del niño pasos del gigante, cuando, ya cogido a las ramas empezaba a bajar. Se daba mucha prisa, pero, al mirar hacia la altura, vio que también el gigante descendía hacia él. No había tiempo que perder, y así que gritó Jack a su madre, que estaba en casa preparando la comida:

-¡Madre, tráigame el hacha en seguida, que me persigue el gigante!

Acudió la madre con el hacha, y Jack, de un certero golpe, cortó el tronco de la trágica habichuela. Al caer, el gigante se estrelló, pagando así sus fechorías, y Jack y su madre vivieron felices con el producto de la cajita que, al abrirse, dejaba caer una moneda de oro.