Los Siete Cabritillos y el Lobo


Ocurrió que un día, Mamá Cabra dijo a los cabritillos:

- Hijitos míos, tengo que ir al mercado. Os quedáis solos en casa. No abráis la puerta a nadie. Mirad que el lobo anda rondando por estos lugares.

- ¡No abriremos a nadie más que a tí! ¡Vete tranquila! -dijeron los cabritillos.

Mamá Cabra tomó su canasto y se fue al mercado.

El lobo al verla salir se relamió de gusto pensando en los cabritillos que habían quedado solos dentro de la casa.

¡Toc, toc, toc! Los cabritillos preguntaron:

- ¿Quién llama?

- Abridme, soy vuestra madre- dijo él.

- ¡No te abrieremos! ¡Eres el lobo! Tienes la voz ronca y la de nuestra madre es fina- contestaron los cabritillos sin abrir la puerta.

El lobo se puso furioso. Probó a tirar la puerta y empezó a darle porrazos y empellones, pero no consiguió nada. Al final, cansado, se sentó en una piedra y se puso a pensar.

- ¡Ya sé lo que voy a hacer!

Se fue a casa del huevero y le dijo:

- Dame ahora mismo tres docensa de huevos.

El huevero, que le tenía mucho miedo, se las dio.

El lobo se zampó los huevos para que se le suavizara la garganta y se le pusiera la voz más fina.

Volvió a casa de los cabritillos. ¡Toc, toc, toc! Llamó a la puerta.

- ¿Quién es? -preguntaron los cabritillos.

- Soy vuestra madre. Abridme. Os traigo del mercado cosas muy ricas para comer- dijo el lobo con su voz nueva y fina.

- ¡Mamá, mamá! -gritaron los cabritillos creyendo que la voz que hablaba era la de su madre. Y ya iban a abrir la puerta cuando el hermano mediano, que era muy listo, dijo:

- ¡Enséñanos la patita por debajo de la puerta!

Y el lobo no tuvo más remedio que enseñar su pataza negra y peluda.

- ¡No eres nuestra madre!¡Eres el lobo! ¡No te abriremos!- le gritaron los cabritillos.

El lobo se puso aún más furioso que la primera vez y dio tantas patadas y tantos empujones a la puerta que se quedó sin aliento. Entonces se sentó en una piedra y se puso a pensar:

- ¡Ya sé lo que voy a hacer!

Y se fue a ver al molinero.

- Dame una orza de harina inmediatamente.

Y el molinero, que le tenía mucho miedo, se la dio.

El lobo metió la pata en la orza para que se le blanquease. Y volvió a casa de los cabritillos. ¡Toc, toc, toc! Llamó a la puerta.

- ¿Quién llama? -preguntaron desde dentro.

- Abridme, hijitos míos. Traigo el canasto lleno de buenas cosas para comer -dijo el lobo con su voz más suave y fina.

- ¡Enséñanos la patita por debajo de la puerta!

El lobo enseñó su pata bien rebozada en harina.

- ¡Esta vez sí que es mamá!- dijeron los cabritillos al ver la pata blanca. Y abrieron la puerta. El lobo entró, se comió a los cabritillos y se gue camino de su guarida.

Pero no se los había comido a todos. El cabritillo más pequeño se había escondido en la caja del reloj.

Al cabo de un rato llegó Mamá Cabra y se encontró la puerta abierta y la casa vacía:

- ¡Ay, mis hijitos! ¡Seguro que a todos se los ha llevado el lobo!

- ¡Quedo yo! -exclamó el pequeño saliendo de la caja del reloj.

Mamá Cabra y su hijo comenzaron a seguir las huellas de la malvada fiera. Encontraron al lobo a la sombra de un árbol. La barriga le pesaba tanto que se había sentado a descansar y se había quedado dormido.

Mamá Cabra se acercó callandito, abrió la barriga del lobo y liberó a los cabritillos. Luego, entre todos, llenaron el vientre de la fiera con piedras bien gordas, se la cosieron y se escondieron. Cuando el lobo se despertó, sintió mucha sed y se acercó al río para beber, pero la barriga le pesaba tanto que se cayó dentro del río y se ahogó.

Los siete cabritillos se fueron a casa para comer las ricas cosas que Mamá Cabra había comprado en el mercado. Y colorín colorado este cuento se ha acabado.

-Cuento de los Hermanos Grimm.