-La Ratita Presumida

Había una vez una ratita muy linda y presumida, que le gustaba cuidar de su casa.
Todos los días fregaba, barría y limpiaba el polvo.
Era una maravilla en cualquier cosa que hiciese.
Sus vecinos la admiraban y siempre había una cola de pretendientes en la puerta de su casa.
Ella no había resuelto eso de casarse, de modo que repartía calabazas a diestro y siniestro.
Un buen día, mientras barría, la ratita se encontró una moneda dorada. Durante un buen rato estuvo pensando que hacer con ella, pero no tenía ni idea en que gastarlo.

“¡Podría comprarme santísimas cosas!”, pensó.
-La verdad es que es difícil decidirse por alguna. Buena, ¿y si me compro un lazo? Me quedaría precioso en la colita –pensaba la ratita.
En efecto, se compró un lazo y su predicción no falló: estaba más hermosa que nunca y los pretendientes aumentaron aún más.

Desfilaron ante ella perros, cerdos, patos, ratones…

La ratita algo más condescendiente, sólo ponía una condición para casarse:
-Quién tenga una hermosa y dulce voz obtendría mi mano –les dijo ella.

Hacía cantar a todos los pretendientes, pero ninguna voz parecía agradarle.

No le gustaba el ladrido de los perros, el gruñido de los cerdos... todos tenían una horrible voz.

Por fin, un día, se presentó un apuesto gato quien, con voz muy dulce y cariñosa, logró conquistar el corazón de la ratita presumida.

Las bodas se celebraron con gran brillantez y acudieron muchos invitados. La ratita, muy satisfecha, se sentía el centro del mundo.
Una vez a solas, el amante esposo sacó a relucir sus verdaderas intenciones: se echó sobre la ratita y se la zampó en un santiamén.
Después de todo era un gato como todos los demás.